
Como explica Álvaro Lobato, de Carrubuéis, la asociación cultural astorgana que ha estudiado a fondo la zona, «se trata de un yacimiento rupestre grabado directamente sobre un pequeño espolón de cuarcitas maragatas que además ha sido dañado en años recientes, muy probablemente a causa del trazado de un cortafuegos». Señala también que el lugar es bien conocido por la gente de la zona, «lo que facilitó su hallazgo en esta repentina búsqueda de petroglifos».
«De hecho, en décadas anteriores -continúa- ya se habían realizado escritos sobre este yacimiento atribuyéndole una datación romano-medieval. Sin embargo, especialistas de la Universidad de León nos han confirmado su vinculación con la cultura neolítica. Todavía es pronto para hablar de dataciones, ya que para ello es preciso el estudio a fondo por parte de los arqueólogos, pero su similitud con otros grabados emparentados nos hace suponer cifras de en torno a los 6.000 años de antigüedad».
En cuanto a su descripción, «destacan tres bloques fijos y un gran fragmento desprendido, formando una superficie actual de unos ocho metros cuadrados. El primer bloque está compuesto por un rico conjunto de cazoletas, entre las que destaca un sistema de tres cubetas colocadas a diferente altura y conectadas por dos canaletas. Según los expertos, estas estructuras debieron ser utilizadas para depositar en ellas algún líquido de naturaleza desconocida durante la celebración de rituales y ceremonias».