Posteado por: Pedro | 23/08/2010

Un secreto en el Miño

Yacimiento paleolítico inferior de O Cabrón
Eso de que la vida nace donde hay agua está cada vez más claro y cristalino para los arqueólogos gallegos. Quienes se dedican a recomponer el puzzle gigantesco que es nuestra historia como especie que vive en sociedad y que se relaciona con su entorno saben, desde la irrupción de la arqueología moderna, de la importancia de la cuenca del río Miño, sobre todo en su curso bajo, desde tierras orensanas hasta su desembocadura en A Guarda, como uno de los lugares predilectos para los primeros pobladores de este pedazo de tierra.

Desde los años 60, diversas campañas se lanzaron a descubrir los orígenes certeros de unos asentamientos intuidos, localizados y después conocidos. Se produjeron hallazgos que parecían deslumbrantes y que, sin embargo, vistos a la luz de los paradigmas científicos se quedaban en un puñado de imágenes borrosas. O faltaban los medios para la certificación o fallaba el estado de conservación de los yacimientos, en su mayoría, arrasados por la erosión o modificados e incluso esquilmados por la mano del hombre.

Un grupo de arqueólogos pertenecientes al Instituto de Estudos Miñoranos (IEM) parece haber encontrado un buen cristal de aumento para observar nuestra prehistoria más lejana. La lupa estaba escondida a varios metros bajo tierra, arrullada por las corrientes miñotas que en esta zona, entre Galicia y Portugal, alientan albariños suaves como sus acentos.

Removiendo tierras en una plantación de viñedos, precisamente, el propietario de unos terrenos elevados a unos cuarenta metros de altura sobre el nivel del río Miño, en el lugar conocido como O Cabrón, ubicado en el municipio de Arbo, encontró algo que le llamó la atención. A simple vista podría parecer otro montón de piedras más, de los muchos que aparecen en las tareas agrícolas. Pero había algo diferente en ellas, ciertas formas, cierta colocación. Con buen criterio, avisó a los arqueólogos.

El experto en materiales arqueológicos Manuel Ledo fue el primer investigador que tuvo contacto directo con el hallazgo. Enseguida se percató de la magnitud de lo que tenía entre manos y trasladó sus impresiones al IEM, agrupación con la que colabora habitualmente. Con el permiso pertinente de la Dirección Xeral de Patrimonio de la Consellería de Cultura, el grupo de estudios emprendió la excavación del yacimiento bajo la coordinación del arqueólogo Xosé Lois Vilar, subdirector del IEM. “Desde el inicio nos dimos cuenta de que había un gran potencial y fue emocionante descubrir que, en el entorno mismo de la viña, los materiales líticos aparecían en posición original y en un excelente estado de preservación”, explica el director de los trabajos de campo, Eduardo Méndez.

Abrieron la tierra por dos sitios y las entrañas empezaron a hablar a borbotones. Salieron piezas y más piezas, como palabras calladas durante océanos de tiempo. En tan sólo tres metros cuadrados contaron ciento diecinueve. Entre las apariciones, proliferaron hachas de mano bifaces, con forma de almendra, y machetes. “Sólo con eso podemos afirmar que son útiles de una industria achelense que, en el peor de los casos, tiene 250.000 años de antigüedad, pero quizá, cuando logremos una datación más precisa, la cifra llegue a ser muy superior”.

El descubrimiento de este instrumental del Paleolítico Inferior en su estado original proporciona una información que Méndez califica como “inédita” en Galicia y que puede pulverizar algunos mitos. El yacimiento de O Cabrón, si se confirma su datación, serviría para recuperar para la investigación una parcela del conocimiento, este arco temporal remoto, de la que los estudiosos gallegos habían desistido, en cierto modo.

“Cuando se excavó el yacimiento de As Gándaras de Budiño, en 1963, se hizo una datación errónea de 26.000 años de antigüedad. Ese dato, en el contexto del Paleolítico, llevó a la comunidad científica a interpretar el hallazgo como muestra del atraso secular de Galicia, porque mientras en otras partes de Europa el hombre prehistórico ya estaba pintando murales, aquí parecía que aún se estaba aprendiendo a tallar la piedra. Esa conclusión desanimó a muchos colegas, que prefirieron centrarse en el estudio de épocas más claras”, relata Méndez.

Queda por delante mucho trabajo de análisis en colaboración con la Universidade de Vigo y el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana de Burgos para averiguar para qué se empleaban estas herramientas cuyo destino último será el Museo de Pontevedra.

Fuente: El País

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