Posteado por: Pedro | 02/04/2012

El misterio de las hachas de jadeíta

Las cinco hachas del Museo Canario. Las tres en primer término son las de Puerto Rico, según Farrujia. i JOSÉ CARLOS GUERRA

Las cinco hachas del Museo Canario. Las tres en primer término son las de Puerto Rico, según Farrujia. i JOSÉ CARLOS GUERRA
Ahí, sobre un papel crudo, brillantes, perfectas. Su color es difícil de describir. En un primer golpe de vista parecen negras, pero los rayos del sol que entran curiosos por la ventana se empeñan en extraerles tonalidades verde oscuro que las hacen aún más exóticas. Son hachas de jadeíta. Su periplo hasta esa mesa, en medio de la Biblioteca del Museo Canario, es digno de un episodio del torturado Sherlock Holmes. Durante décadas, desde finales del siglo XIX hasta hace unos ocho años, estos hermosos objetos arqueológicos estuvieron expuestos como originales de la Isla, pero el arqueólogo e investigador José Farrujia sostiene que proceden de Puerto Rico. Los técnicos del Museo decidieron retirarlas cuando comenzaron a dudar, para evitar confusión, coincidiendo con la publicación de la tesis de Farrujia. Ahora esperan pacientes y mimadas a que alguien saque de sus entrañas la muestra de que, una vez, un antillano las convirtió en lo que son.

Las hachas de jadeíta fueron mostradas por primera vez por el doctor Gregorio Chil y Naranjo, fundador del Museo Canario, en dos congresos celebrados en Lille (1874) y en Nantes (1875), respectivamente. En el primero, aseguró que las había encontrado en Monte Lentiscal, en Santa Brígida (Gran Canaria). En el segundo, ya las situaba en Arucas. En Lille hizo referencia a una tercera hacha de origen antillano, muy similar a las otras dos, que le había regalado un tal Edouard Farinos y Vicente. En Nantes, como recoge Farrujia en su tesis Ab initio. La teorización sobre el primitivo doblamiento humano de Canarias. Fuentes etnohistóricas, historiografía, arqueología (1342-1969), el médico ya introdujo terceros en el hallazgo. “La mayor de ellas la debo a un pobre bracero que la encontró desmontando un terreno en Arucas, y que sabiendo mi afición a todo lo que se refiere a los Canarios, me hizo un presente que le agradeceré siempre”. Esa es la primer contradicción del científico.

La intención no era otra que la de emparentar a los aborígenes isleños con los cromañones europeos, no sólo para defender las teorías evolucionistas, sino en un alarde de difusionismo. A pesar de que tanto en el tamaño como en el material, las hachas diferían de las europeas, Chil no dudó en defender su teoría que, en realidad, nunca fue puesta en duda hasta que, en 2004, Farrujia aportó numerosas pruebas documentales de que no eran canarias sino de Puerto Rico, y lo que es peor, de que el fundador del Museo Canario lo sabía. Con estas ‘pruebas’, se podía “insertar a Canarias en la corriente de las grandes culturas europeas prehistóricas, por lo que parece fuera de toda duda la finalidad vindicativa que subyació en esta hipótesis de poblamiento defendida por Chil para Canarias”, dice el prehistoriador.

Aunque el científico no volvió nunca a hacer referencia a las hachas, todos los autores que vinieron más tarde dieron por cierta su versión. René Verneau, que estuvo en las Islas entre 1876 y 1878, introdujo la teoría de que los aborígenes eran europeos, pero que en Gran Canaria convivían cromañones con semitas, de ahí el refinamiento de estas hachas. Lo único que fallaba era el material, por lo que probó con la hipótesis de que fueron introducidas. Una raza superior, la semita, se habría sobrepuesto a la inferior, la guanche (cromañón) y las hachas eran la prueba.

Con la honrosa excepción de Pericot, en 1955, que recomendaba un mejor estudio de las piezas, el resto de investigadores fueron metiendo la pata uno tras otro, en muchos casos sin ni siquiera haber tenido en sus manos los objetos de piedra. Simón Benítez Padilla hace el estudio más concienzudo en 1965. Define que hay cinco hachas en la colección del Museo, de las que cuatro son de jadeíta. Achacando su llegada a Canarias por el “comercio neolítico”, sitúa su procedencia nada menos que en los Alpes occidentales, “bien de la vertiente italiana, bien de la suiza”. Otra vez difusionismo e historicismo cultural. José Farrujia considera, no obstante, que “no parece razonable hablar de la llegada de una tribu a Canarias, la cual, como elemento cultural, aportó única y exclusivamente las hachas de jadeíta. Además, habría que explicar por qué esa supuesta arribada fue selectiva, afectando sólo a Gran Canaria y La Gomera (donde se sitúa el origen de una de las cinco piedras)”. Pero hay más, las dataciones no corresponden. Para que esto fuera cierto, el poblamiento de Canarias debió haberse producido en la Prehistoria, cuando se considera que fue en el primer milenio antes de nuestra era.

Además del hecho de que la famosa tercera hacha, la reconocida por Chil como antillana, fuera exacta a las dos supuestamente aruquenses, el destino quiso que, en su recopilación de todo lo publicado sobre arqueología en el siglo XIX, Farrujia diera con un libro que le aclaró muchas dudas. En su Historia de las Islas Canarias (1911), Miguel Maffiote y La Roche decía: “Remontándonos con la imaginación a la distancia de siete lustros, nos acordamos de que allá por los años de 1877 sacó el doctor Verneau los moldes de tres hachas de piedra pulimentada, dos de las cuales habían sido enviadas por el doctor D. Domingo Bello y Espinosa a su amigo D. Pedro Maffiote desde la América central, y la otra había sido encontrada en La Gomera y enviada también por D. Vicente Pérez y Sierra al mismo D. Pedro”. Eureka. El doctor Bello había vivido la friolera de 30 años en Puerto Rico… Las piezas del puzzle comenzaban a encajar.

El doctor en Prehistoria tinerfeño sitúa el origen de las hachas en la cultura Arawak, Aruaca o Sub-taína, “es decir, a la representada por los pobladores que, procedentes de la región déltica del Orinoco, se expandieron paulatinamente por el arco antillano en varias oleadas migratorias, acaecidas a principios de la era cristiana y con duración variable, del 200 al 600 de nuestra era”. En su industria lítica destacan las hachas de forma ‘amigdaloide’ (como las de Chil), de materiales como peridotita, diorita, nefrita, jaspe o jadeíta. Farrujia cree que Chil cambió Monte Lentiscal por Arucas como lugar del ‘feliz hallazgo’ por la similitud entre este topónimo y Arawac o Aruac, con toda la intención.

Las hachas de jadeíta fueron retiradas de la exposición del Museo Canario y, cuando sea posible, se les extraerá una muestra para comprobar de qué están hechas. Ese día, el misterio quedará resuelto.

Fuente: La Provincia

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